El siglo XIX se distingue por el gran desarrollo de las ciencias y el
rigorismo metodológico impulsado por el positivismo de August Comte.
Será a partir de este siglo que las disciplinas empíricas
adquirirán el estatuto de científico das basado en un aparato lógico y una
manera objetiva de observar el campo de estudio propio.
Paradigma de los nuevos estudios de ciencias naturales
será la Anatomía comparada de Cuvier, publicada durante la primera década del
siglo. En su obra, Cuvier elevará el proceso comparativo a la categoría de
método científico, y dará paso a las primeras obras elaboradas bajo el método
científico moderno, en su gran mayoría de carácter igualmente
comparativo.
El fonético y el morfológico serán los niveles lingüísticos
más fácilmente comparables y más prácticos para establecer los principios de
correspondencia entre las lenguas. Rask y Bopp se encargarán de elaborar este
programa de correspondencia.
La aplicación comparativam derivada de los estudios
indoeuropeos, se aplicará a diversos grupos lingüísticos, tales como el
germánico (por J. Grimm), y el románico (por F. Dietz). Esto obligará a
reajustar el método de investigación hasta entonces empleado. El comparativismo
había arrojado un sinfín de datos para desarrollar una lingüística histórica
fundamentada.
Será necesario establecer leyes para el desarrollo
ulterior y la justificación de la lingüística como ciencia, en la nueva
concepción decimonónica.
Tal comparativismo llevaría, en el estudio lingüístico, a
establecer patrones de rección entre las diversas lenguas, al hallazgo de algún
parentesco.
Junto al método antes mencionado, cabe destacar el
descubrimiento del sánscrito y la afluente corriente de pensamiento romántico,
acontecimientos de gran relevancia para el desarrollo de la lingüística. En
esta época se estudiará el estrecho parentesco guardado entre el sánscrito y
las lenguas griega y latina, así como el celta, el gótico, el antiguo persa,
etcétera.
Indudablemente, el fenómeno comparativista pudo haberse
dado aun sin el importante hallazgo del sánscrito; sin embargo, las
coincidencias formales y las propiedades características comunes, facilitaron
sobremanera el estudio comparativo de todas las lenguas indoeuropeas.
Consiguientemente, la investigación lingüística habría de
establecer leyes que expresaran la regularidad de sus manifestaciones,
necesarias para la fundamentación de una ciencia que se basaba principalmente
en la inducción.
La
neogramática
Los neogramáticos, dentro de los cuales se hallaba el
eslavista A. Leskien, los indoeuropeístas Brugmann y Oshoff, y el mismo F. De
Saussure, agrupados hacia 1875, se identificaban con el programa
histórico-comparativo, proponiéndose a la vez esclarecer, entre otras cosas, el
concepto y el uso de las leyes fonéticas, así como las excepciones que podían
rastrearse de dichas leyes.
Entre 1870 y 1878 se establecieron nuevas leyes fonéticas
que harían susceptibles de revisión los cambios fonéticos considerados hasta
entonces como excepciones, buscando una interpretación sistemática que
invalidara la amenaza de no universalidad que acechaba las leyes
fonéticas.
Las leyes fonéticas establecían una sustitución
estandarizada se cierto grupo consonántico del latín por una forma lingüística
en alguna lengua derivada de éste.
Así, el grupo consonántico "ct" derivaría en el
italiano en las consonantes "tt", en francés, en "it", y en
castellano sería sustituido por el grupo consonántico "ch".
Los neogramáticos operaban por un principio de sistematicidad,
rigiendo sus leyes por la necesidad sustitutiva.
Las excepciones a las leyes provendrían de la entrada de
forma de una lengua (cultismos, préstamos), o bien, la analogía, que consiste
en la aplicación de una ley lógica que neutraliza una ley fonética determinada
(cf. la forma latina honor y honos, su primitivo uso, mutada en
virtud de asimilarse a otros paradigmas lingüísticos, como amor o cultor).
Es razonable la importancia que dabn los neogramáticos a la analogía, por la
consistencia de que esta dotaba su sistema por demás positivista.
A finales del siglo XIX, los imponentes edificios
levantados por las ciencias exactas y las naturales, se verían resquebrajar por
el planteamiento de paradojas y contradicciones teóricas que evidenciarían lo
endeble del aparato metodológico establecido. La denominada crisis de
fundamentos de la matemática intuyó que el problema de base era de
carácter conceptual, dialectal, relacional, buscando en la lingüística una
respuesta a la lógica fracturada de la ciencia finisecular.




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